Hay bodas en las que la emoción no aparece solo en momentos concretos.
Está todo el tiempo.
La de Jorge y Cris fue así.
Se notaba en ellos, en cómo se buscaban sin darse cuenta, en la forma de tocarse, de mirarse… pero también en todo lo que ocurría alrededor. Había mucho cariño ahí, del que no se puede fingir. De ese que se cuela en cada gesto y acaba desbordándose.
La ceremonia en Santa María Micaela fue especialmente intensa. Hubo miradas que lo decían todo y momentos en los que contener las lágrimas no era fácil, ni para ellos ni para quienes estaban a su lado.
Quedarnos después dentro del colegio fue como alargar esa sensación. Tiene un encanto muy especial, y ese día parecía envolverlo todo. La luz, el silencio, la forma en la que se movían… Todo acompañaba.
Antes de seguir, hicimos una parada. Breve, íntima, pero con mucho peso. De esas que no necesitan explicación, porque se sienten.
Y ya en Quinta Hayara, la emoción no desapareció, solo cambió de forma. Llegaron las risas, los abrazos largos, las ganas de celebrar… pero con todo lo vivido aún muy presente.
Fue una boda de las que se quedan dentro.
De las que no se olvidan.

